El día que aprendimos a cuidar - Cuento
“El día que aprendimos a cuidar”
Un sábado invité a la muchacha que me ayuda en la casa a las piscinas aqui en Alajuela. Ella se llama Francela. Tiene dos hijas: una niñita mayorcita de seis añitos con TEA (Trastorno del Espectro Autista) que se llama Sol, y la menorcita, Rosaurita, de tres años.
Sol es una niña muy feliz, divertida y obediente con su mamá. En cambio, Rosaurita es muy hiperactiva y desobediente. Cuando su mamá la llama, ni siquiera vuelve a verla. No entiendo por qué no le da importancia, siendo que Francela tanto las cuida y vela por ellas.
Mientras yo estaba con Ángela, mi hija de cuatro años —muy obediente e inteligente—, las tres niñas disfrutaban de la piscina. Jugaban a lanzarse la bola, con muñecas, a pasar a través del hula hula, a dar vueltas y crear un torbellino en la piscina de niños. Además, había un play a un lado de la piscina, y allí también iban a jugar.
A medida que avanzaba la mañana, Rosaurita se salía de la piscina. Entraba y salía constantemente para acercarse a la orilla de la piscina grande. Entonces, nosotras, como mamás, le llamábamos la atención:
—Rosaurita, no. Cuidado con esa piscina, no. Te podés ahogar.
La tomábamos del bracito, le explicábamos y la volvíamos a poner en la piscina de los niños. Pero seguía igual: entraba y salía, una y otra vez. Le llamábamos la atención y no hacía caso. Era como hablarle a la pared. No nos escuchaba.
Luego empezó a tomar agua de la piscina. Le explicábamos:
—No tomes agua de la piscina, está sucia.
Pero tampoco escuchaba. También peleaba los juguetes de los otros niños. Era toda una rebelde.
Después decidimos caminar un rato por las instalaciones para sacarlas de la piscina, pero iban todas pensando en regresar al agua. En un momento, mi amiga se quedó atrás con Sol, y Rosaurita iba a mi lado. Le pregunté:
—¿Y tu mamá?
Ella levantó la mano, como diciendo “a mí qué me importa”.
Entonces le dije:
—No, Rosaurita. Debés estar siempre con tu mamita y no irte de su lado. Ella siempre te va a proteger y a buscar lo mejor para ti.
Pero nada… la niña estaba en otras.
Así pasamos de las 8 a.m. a las 3 p.m., hasta que el cielo se puso muy oscuro. Luego nos fuimos a descansar: las niñas por haber estado jugando casi ocho horas en la piscina, y nosotras por estar todo el tiempo cuidándolas y llamándoles la atención. Cada quien volvió a su casa, y todas a dormir, porque fue un día agotador.
Al día siguiente, ya estaba yo con mi hija en su lugar de juego, donde tiene una casita bastante grande, en la que cabe perfectamente. Allí guarda todos sus juguetes de cocina, su cocinita grande, varias barbies y peluches.
Ella quería hacer una fiesta con sus barbies y peluches, así que sacó todos sus juguetes. Me dijo:
—Mami, juguemos a que hacemos una fiesta en la piscina con las seis barbies, una vaca de peluche, un chancho, Pepa Pig y Kuromi.
Tomó el hula hula como si fuera una piscina imaginaria. Por un lado, Kuromi estaba en la parte superior del bus de Barbie, vigilando a todos los participantes. Todos los comensales tenían hambre y ganas de meterse a la piscina. Así comenzó mi hija, quien era la Master Chef y también la Gerente de Eventos, entregando comidita para todos, café para todos.
Yo hacía las voces de varios personajes, porque ya le he agarrado práctica a ser ventrílocua. Les hago los diálogos y los movimientos a los personajes del evento.
Pero el Chancho empezó a dar lata. Cuando traían las donas, se las comía todas. Comía horrible, hacía mucha bulla, y las barbies estaban asustadas porque no dejaba nada para los demás. Pepa decía:
—¡Por Dios, Ángela! Yo soy chanchita también, pero soy muy educadita.
Entonces Kuromi, que era la supervisora, le dijo a Ángela que debía sacar al Chancho y explicarle las reglas y la etiqueta del evento.
Ángela lo hizo muy seria: le explicó que la comida era para todos, que tenía que compartir, comer despacito y no atragantado, y que debía comportarse, porque estaba incomodando a los invitados.
Chancho prometió portarse bien y seguir disfrutando de la fiesta.
Luego llegó la hora de que algunos invitados entraran en la piscina, pero como era pequeña, solo cabían cinco personajes. Había que ir sacando al que más tiempo llevaba dentro, según las instrucciones de Kuromi.
Entonces le tocó el turno a Chancho. Entraba y salía de la piscina, se tiraba de cabeza, tomaba agua y le salpicaba a los demás. Kuromi y Ángela comenzaron a poner las reglas de etiqueta para usar la piscina, explicándole punto por punto a Chancho que no podía hacer esas cosas.
Al final, todos estaban molestos porque no cabían todos en la piscina, tenían que esperar turno y además aguantar a Chancho, que no hacía caso.
Después de casi dos horas de juego —y de Ángela intentando controlar la situación o, más bien, contenerla—, se me acercó y me dijo:
—Ay, mami, la verdad es que estoy cansada de estar vigilando a tanta gente.
Yo le respondí:
—¿Ves, mi amor? Así me siento yo cuando tengo que cuidar niños que no hacen caso a la mamá y no se comportan en la calle ni en la casa.
Ella me miró con sus ojitos tan tiernos y me dijo:
—Gracias, mamá, por cuidarme.
Entonces se vino a mis brazos y se durmió un rato.
Escritora Raquel Zamora
Cedula 206010877
Octubre 14 del 2025

Comentarios
Publicar un comentario