Cuento El Manglar

 


Su paisaje de infancia: siempre el manglar, con sus raíces leñosas entrelazadas que sobresalían del agua. Ese había sido su lugar. Había crecido allí, entre esas mismas aguas sucias, cuyas posiciones subían y bajaban con las mareas. Era uno de esos lugares donde los cangrejos corrían para enterrarse en la tierra negra, y los pájaros, con sus gritos agudos y penetrantes, rompían el silencio de las tardes tropicales. Pero algo había cambiado desde su regreso al pueblo, algo que Paula no podía definir, pero que la inquietaba.


La última vez que estuvo allí, su abuela aún vivía. Su abuela le contaba sobre los peligros que se escondían en el manglar: "Cosas que el mar trae consigo, cosas que no son para nosotros", le decía.


Y Paula había rechazado esas historias desde la seguridad de su vida adulta en la ciudad. Ahora, aquí, en el sendero cubierto y bordeado de manglares, esas palabras parecían más ciertas de lo que jamás había imaginado.


El aire húmedo y espeso se adhería a su piel, apestando a sal y putrefacción. Cerró los ojos por un momento, obligándose a respirar profundamente y dejar que parte de esa humedad entrara, esperando que calmara el nudo de nervios que le oprimía el pecho. La marea estaba alta, las aguas turbias se filtraban entre las raíces del manglar como si intentaran reclamar la tierra. Esa misma tarde, los pescadores habían regresado temprano. A Paula le parecía sospechoso, ya que los encontró en el muelle intercambiando miradas nerviosas y recogiendo sus redes con prisa. "Hoy no es un buen día para salir", le dijo uno de ellos mientras su esposa recogía rápidamente sus cosas. Se encogieron de hombros y miraron al horizonte.


Fue entonces cuando Paula decidió ir por su cuenta al manglar. Pensaba que quizás allí encontraría alguna respuesta, al menos algo que explicara el nervioso comportamiento de los vecinos.


Recordaba cómo el camino hacia el manglar estaba ahora más oscuro que nunca, con las hojas de los árboles grandes y pesadas por la humedad, bloqueando la luz del atardecer. Más adentro, el sonido del mar desapareció, quedando solo un silencio espeso—el silencio profundo—un silencio denso, con el ocasional crujido de ramas bajo sus pies.


No estaba sola. Lo sintió en el momento en que sus pies tocaron el lodo esponjoso del manglar. Primero fue una sensación, una extraña impresión, como si las raíces mismas la observaran. Luego vino el susurro. Un murmullo bajo en la brisa errante, apenas perceptible entre los árboles. Paula se detuvo y ladeó la cabeza, tratando de determinar de dónde venía el sonido. Un sonido que había escuchado antes, pero que no podía recordar dónde. Notó que no era el agua fluyendo entre las raíces. Tampoco era el viento. Era algo más, algo más cercano, como si viniera directamente de las entrañas del manglar. Su abuela solía contarle sobre las almas que el mar no podía devolver, atrapadas en las aguas quietas del manglar.


Paula solía reírse de esas historias de niña, pero ahora, con cada paso que daba, sentía el peso de esas palabras con una nitidez aterradora.


El olor había cambiado. De la brisa salada a la que estaba acostumbrada, pasó a un hedor acre—agrio y fétido, como carne podrida sumergida en agua. Su estómago se revolvió y tuvo que cubrirse la nariz, pero el olor parecía estar suspendido en el aire. Tragó saliva y siguió adelante, aunque algo en su interior le pedía que se diera la vuelta. Y el susurro volvió, esta vez mucho más fuerte. Paula se quedó quieta, escuchando. Era como un canto, un murmullo rítmico que provenía de aquí, de allá, y de ninguna parte. Inconscientemente, sus pasos la guiaron hacia el interior del manglar, hasta que finalmente llegó a un pequeño claro, casi redondeado, donde las raíces se fundían en una especie de cúpula natural.


Allí hacía más frío, y el olor a podredumbre era más pronunciado.


De repente, un suave y distintivo sonido la hizo girarse con un sobresalto. Fue un chapoteo, como el que haría un cuerpo pesado al caer en el agua detrás de ella. Por un instante, no pudo ver nada, solo una mancha de sombra en medio de la distorsionada luz del agua en el islote, donde el follaje era bajo y pantanoso; pero al siguiente momento, una figura oscura emergió de entre las raíces.


Una cosa que no era exactamente animal ni humana, pero que se movía como si ambas posibilidades fueran posibles.


Paula retrocedió; su respiración se volvió agitada nuevamente, y el mal sabor en su boca se tornó metálico. El frío le subía por las piernas, a pesar del calor del manglar. Las figuras se movían lentamente en el agua con una certeza tan aterradora que parecía más como si fueran sombras, no cuerpos. Figuras formándose y deshaciéndose a la vez, como si el agua las moldeara a su antojo.


El murmullo ya no era un sonido lejano; era una llamada, una invitación. Entre los susurros, una voz familiar se deslizó, clara y firme, y Paula la reconoció al instante. Era la voz de su abuela.


"Paula," la llamó suavemente pero con insistencia, "Ven. El agua te reclama.".


Había algo en ella, algo profundo en su memoria, que la arrastraba hacia las sombras aunque sus piernas se debilitaban, como si el propio manglar quisiera hundirla entre sus raíces. "Paula," resonó la voz de su abuela, pero esta vez más cerca. Y cuando Paula giró su rostro hacia la voz, allí estaba. De pie entre las raíces, cubierta de barro, con una mirada vacía: su abuela. No era ni un recuerdo ni una aparición. Era su abuela, la misma que había sido enterrada años atrás, de pie ante ella con ojos llenos de promesas incumplidas.


Un pánico horrible invadió a Paula, pero un terror más profundo la hizo correr hacia su abuela. Las raíces del manglar parecían enroscarse a su alrededor, y con cada paso, el lodo se hacía más pesado, más denso, como si quisiera hundirla. Las sombras continuaban deslizándose por el agua, susurros a su alrededor, y Paula finalmente entendió lo que su abuela siempre había intentado advertirle. El manglar no era solo un refugio para los vivos, sino también para aquellos que el mar no había devuelto. Paula cerró los ojos, y el susurro se convirtió en un llanto.


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