Cuento: Un Domingo en Casa Gaspar

 Un Domingo en Casa Gaspar




Capítulo 1: La niña que extrañaba los crayones
A veces uno se pierde un poquito. No porque quiera, sino porque la vida se desordena. A mí me pasó después de tener a mi hija. Fue hermoso, sí, pero también muy duro. Me caí en un hueco de tristeza, agotamiento, cambios, y un diagnóstico del hospital que me tuvo en ascuas por seis meses. Era como estar atrapada bajo el agua, sin saber cómo subir a la superficie.
Y en medio de esa nube gris, me puse a buscar algo… lo que fuera… que me devolviera un poquito de luz. Me fui hurgando en los recuerdos como quien revisa una cajita vieja. Y ahí apareció ella: la niña de prekínder. La que se emocionaba cuando la profe sacaba la caja de crayones. La que amaba cortar, pintar, mancharse las manos sin miedo.
Esa niña estaba olvidada. La habían mandado a primero muy pronto, y con eso se había ido también esa alegría sencilla de crear. Pero ahora, después de años, esa niña me estaba llamando. Y yo decidí escucharla.
Así fue como empecé a dibujar de nuevo. Primero solita. Luego me metí al curso del IPEC con la profe Susana Brenes Arroyo. Allí sentí que algo en mí empezaba a florecer. Y en ese mismo camino buscando información sobre arte y exposiciones apareció un nuevo personaje: Irene Antillon, una mujer muy conocida en el mundo del arte costarricense que apoya a artistas emergentes y que me agregó a un grupo de WhatsApp con más de 150 artistas ticos.
En ese grupo, todo se empezó a mover rápido. Irene me habló de una exposición sobre volcanes y, como si eso no fuera suficiente emoción, me pasó la info de un taller de dibujo con modelo desnudo dirigido por el profesor Marco Chia. Yo estaba como: “¿Qué me está pasando?”
Y claro, me lancé. Porque sentí que esa niña crayolera estaba diciendo: “Sí, sí, sí, vamos yaaa.”
Capítulo 2: Rumbo a la Casa Gaspar
El domingo llegó con ese nervio rico que uno siente cuando va a hacer algo nuevo. Ya tenía todo listo: emoción, miedo, curiosidad y... nada de materiales, porque Marco me había dicho que allá daban todo.
Coordiné con mi esposo para que me acompañara con la bebé. Salimos desde El Coyol de Alajuela, y tomamos la Circunvalación Norte. Y no sé si era la emoción o qué, pero ¡quedé impactada con esa ruta! Todo tan fluido, bien construido, ¡llegamos en un abrir y cerrar de ojos! Del lado izquierdo, justo frente a una funeraria llamada El Recuerdo (sí, como salido de una metáfora), se alzaba una casa blanca, elegante, como de cuento: Casa Gaspar.
Era grande, con un portón de madera hermoso y una vibra... no sé, como que el arte vivía ahí. Mi esposo me dijo:
—Entrá primero, fijate si te sentís cómoda. Si todo está bien, me avisás y me voy con la niña.
Respiré profundo. Entré.
Saludé bajito, con respeto, y lo primero que pregunté fue por el baño (básico cuando estás nerviosa, jaja). Llamé a mi esposo y le dije:
—Amor, está lindísimo aquí. Todo se siente bien. Ya podés irte tranquilo.
Y así, en silencio, empezó mi aventura.
El ambiente era mágico. Había caballetes, colchonetas, gente con miradas concentradas. Marco me ubicó en una silla, por mi problema de espalda, y ajustó el caballete como todo un pro. Yo aún sin materiales, pero tranquila, porque él ya me había dicho que no me preocupara. Eso sí... todos los demás estaban como en su salsa: sacaban lápices, carboncillos, pinceles... y yo con las manos vacías mirando todo como niña en juguetería.
Marco, con una sonrisa, me dio dos barritas chiquiticas de carboncillo. Jamás había usado eso. Y me soltó:
—Este es el preferido por los artistas, ya vas a ver por qué.
Y en ese momento sentí como si me estuviera entregando una varita mágica. Yo no lo sabía todavía… pero ese carboncillo iba a cambiar algo en mí.
Capítulo 3: Carboncillo en mano, miedo en el pecho
Me senté frente al caballete con el corazón medio acelerado. Marco me había asignado una silla especial por mi problema de espalda, y ya el salón se empezaba a llenar de energía artística. El centro estaba ocupado por colchonetas, rodeadas por un círculo de caballetes. Cada artista tenía su rincón, su espacio, sus materiales… todos menos yo.
Había colocado mis hojas en horizontal, creyendo que el modelo estaría acostado. Craso error. Pero bueno, ya estaban así, y decidí seguir. Me sentía como la nueva del cole: todos sacando lápices, carboncillos, cajas con herramientas chivísimas… y yo con las manos vacías. Me reí por dentro. Ni un lápiz, Dios mío. Pero entonces, Marco se me acercó y me entregó dos barritas pequeñas de carboncillo:
—Tomá, con esto estás lista. Es el favorito de los artistas. Súper fácil de usar.
Yo lo agarré como si fuera un pincel mágico. Nunca había usado carboncillo en barra pura, pero tenía esa mezcla de respeto y emoción, como cuando uno está a punto de probar algo nuevo que da miedo pero también mucha ilusión.
En ese momento, entró el modelo.
Era un joven de unos veintitantos, con un cuerpo digno de escultura clásica. Más adelante me enteré que era bailarín de ballet, y todo calzaba: su postura, su manera de moverse, la presencia que tenía. Se quitó el bóxer con una elegancia natural y se sentó en la colchoneta en una pose que no era común, pero tampoco vulgar. Sus brazos se curvaron con gracia, su cuerpo se acomodó con soltura, y su desnudez se volvió arte.
Marco anunció:
—Vamos a comenzar con sesiones de siete minutos por pose.
Y ¡pum!, la música arrancó. Era rápida, como una polca española, o algo estilo El vuelo del moscardón que te hacía sentir que tenías que correr. Yo me paralicé unos segundos, vi a todos empezar a trazar con seguridad, y pensé: dale, no viniste hasta aquí para no intentarlo.
Tomé el carboncillo como si fuera un lápiz. Al principio mis líneas eran tímidas, flojitas, torcidas. Pero a medida que el tiempo pasaba, empecé a entender el material. Dependiendo de cómo lo agarrara o cuánto presionara, los trazos cambiaban: se volvían gruesos, delgados, intensos o suaves. ¡Era increíble! Una herramienta tan simple, y tan llena de posibilidades.
Ya en el tercer dibujo, al minuto 21 más o menos, me di cuenta de que se podía borrar con la mano. ¡Bendita revelación! Empecé a jugar con las sombras, a corregir, a experimentar. Yo, que solo había usado lápices con diferentes gramajes, estaba entrando a un mundo completamente nuevo.
El modelo cambiaba de posición y Marco, cada siete minutos, avisaba:
—¡Cambio!
Todos cambiaban de hoja, se preparaban para la siguiente pose. Yo iba copiando sus movimientos, aprendiendo solo con ver. No había tiempo para pensar. Solo actuar. Dibujar. Sentir. Y así, entre trazo y trazo, me fui olvidando del miedo.
Ya no era solo una mamá buscando un rato de escape. Era una mujer volviendo a conectar con algo que siempre estuvo ahí, dormido pero vivo: la artista que había dentro de mí.
Capítulo 4: Primer respiro, primera conexión
Después de varias rondas de poses rápidas —esas de siete minutos, con el modelo siempre sentado sobre la colchoneta, moviéndose como estatua viva entre cada campanazo de Marco—, el ambiente estaba cargado de concentración. Nadie hablaba. Solo se escuchaban los trazos sobre el papel, la música rápida que nos aceleraba el pulso y los suspiros silenciosos de los que, como yo, estaban aprendiendo a fluir sin miedo.
Cada cambio de posición del modelo era como un reto nuevo. A veces sus brazos se curvaban hacia adelante, otras se apoyaban levemente en las piernas, a veces su torso giraba un poco, y todos teníamos una perspectiva distinta. Era increíble cómo el mismo cuerpo podía parecer otro solo por girarse unos centímetros.
Yo seguía experimentando con el carboncillo. Descubrí que podía usar el borde para líneas finas, el lado plano para manchar, y los dedos para borrar y crear sombras. Estaba literalmente jugando a ser artista. A veces frustrada, a veces emocionada, pero siempre enfocada.
Y entonces, Marco dijo:
—Vamos a tomar un receso.
¡Gracias universo!
Me levanté de la silla, estiré la espalda y me fui directo al baño. Mientras esperaba en la fila, me puse a detallar más la Casa Gaspar. Era como una galería escondida: blanca, amplia, con alma antigua y moderna a la vez, y con varios carteles de “No pasar” que me hacían sentir que había secretos detrás de cada puerta.
Sabía que en esas habitaciones habían obras de arte terminadas, probablemente esperando a ser vistas por el público correcto. Imaginé cuadros, esculturas, bocetos... y sentí que estaba entrando, poquito a poco, a ese mundo.
Al lado de la casa, había una especie de salita/garaje donde vi sentada a una mujer. Supuse que era esposa, amiga o acompañante de alguno de los participantes. Me dio ternura. Me recordó que cada artista también tiene su gente que espera afuera, como mi esposo con nuestra hija.
De vuelta en el salón, el grupo empezaba a soltar la lengua. Las miradas se cruzaban con más confianza. Las sonrisas aparecían.
Me acerqué a Marco para contarle que venía del curso con Susana, en el IPEC María Pacheco.
—¡Ay, Susana! —dijo él con una sonrisa cálida—. Es un amor. Muy especial.
Y continuó sirviendo bocadillos como si fuera el anfitrión de una casa de abuelos creativos. Ese momento, aunque simple, fue importante. Sentí que no estaba fuera de lugar. Que ese espacio también podía ser mío.
Ya todos listos, volvimos a nuestros lugares. Y ahora sí… lo que venía era otro nivel.
Marco anunció:
—Vamos con dos poses de diez minutos.
Y el modelo se puso de pie.
Capítulo 5: De pie, banquillo y descanso final
Después del primer receso, volvimos a nuestras sillas. Las manos ya estaban sucias de carboncillo y la energía se sentía más suelta, más fluida. Marco habló con su voz calmada:
—Vamos ahora con dos sesiones de diez minutos.
Y fue ahí cuando el modelo cambió de estado. Se puso de pie, y en ese momento su cuerpo se transformó por completo. Si antes parecía una escultura en reposo, ahora era como una columna viva, estirada y elegante. Sabía exactamente cómo colocar sus brazos, dónde apoyar el peso del cuerpo, qué ángulo ofrecernos para que todos tuviéramos un buen punto de vista.
Las poses de pie eran más complejas. La verticalidad cambiaba todo: las proporciones, la sombra, la tensión. Y al tener más tiempo, también venía el reto de no perderse en los detalles. La música ahora era menos intensa. Marco puso algo clásico, probablemente Mozart, y eso le dio al momento una especie de solemnidad. Yo respiré profundo. Tenía diez minutos. Podía observar, construir líneas con más calma, borrar, sombrear, volver a empezar.
En ese momento, ya no estaba tan preocupada por “hacerlo bien”. Estaba presente. Estaba aprendiendo a ver.
Después de esas dos poses largas, Marco nos miró con esa sonrisa medio cómplice y anunció:
—Vamos al segundo y último receso. Hay vino y pastel de pollo.
¡Me sentí en el cielo!
Fui de las primeras en acercarme a la mesa. Marco empezó a servir vino en vasitos y repartió platos con un pastel de pollo que olía glorioso. Todos lo elogiaban, y él, con su estilo sencillo, dijo:
—No es mío, lo hizo una amiga que cocina espectacular.
Y ¡sí que lo hace! Cada bocado era amor. Yo me tomé dos (o tres 😅) copitas de vino y empecé a charlar con más gente. Se rompió el hielo por completo. Hablamos de gentrificación, redes sociales, generaciones nuevas, IA, gentilicios, ¡de todo! Pero hubo un momento que se nos clavó a todos en el pecho.
Alguien le preguntó al modelo:
—¿Cómo hacés para quedarte tan inmóvil tanto tiempo?
Él respondió con una sinceridad desarmante:
—Gracias al silencio. He trabajado muchísimo en yoga, meditación... pero el silencio ha sido mi mayor maestro. En el silencio encontré respuestas que nunca hallé en el ruido.
Silencio. Literal.
Fue un momento mágico. Porque todos —en mayor o menor medida— sabíamos de qué hablaba. El mundo está lleno de ruido. De gente que quiere darte consejos, soluciones, fórmulas. Y a veces, lo único que uno necesita… es ser escuchado.
Luego conocí a una señora rubia simpatiquísima, que también se había conmovido con las palabras del modelo. Y cuando regresamos al salón, me fijé que ella estaba pintando con acuarelas. ¡Qué maravilla verla en acción! Cada trazo era preciso, delicado, fluido. Yo nunca he trabajado con acuarela, pero ahí supe que un día lo iba a intentar. Me lo prometí.
Entonces Marco dijo:
—Vamos con las dos últimas sesiones de treinta minutos cada una. Ahora sí, con tiempo para que sombreen con calma.
En la primera, el modelo se sentó en un banquillo, apoyó un pie en el piso y el otro lo colocó en el asiento. Esa postura tenía algo de poder, pero también de descanso. Se notaba que era experto, porque ofrecía su cuerpo como un mapa abierto para nuestros ojos. Yo me sentía cansada, sí, pero no iba a parar. Empecé a trabajar con más confianza. Ya no copiaba movimientos, ahora dibujaba desde mí.
Y para cerrar el taller, el modelo se acostó sobre la colchoneta, con los dos brazos detrás de su cabeza, relajado, en una posición que parecía sencilla, pero que transmitía profundidad. Era la última pose. El ambiente estaba en silencio. Solo trazos y respiraciones.
Fue como una despedida en forma de imagen.
Yo también sentía el cuerpo pidiendo descanso, sobre todo el hombro derecho, que me hablaba con su dolor crónico. Pero algo me sostenía. Algo que no era físico, sino emocional. Y en ese estado de concentración tranquila… sonó mi celular.
Era mi esposo:
—Ya estamos afuera. Con la bebé.
Y así supe que había llegado el final.
Capítulo 6: Una pizza bien merecida
Sonó el mensaje de mi esposo justo en el momento perfecto.
—Ya estamos afuera, con la bebé.
Mi cuerpo ya estaba cansado, y el dolor en mi hombro derecho, ese viejo conocido, comenzaba a apretar. Pero no era un dolor feo. Era como una señal de que lo había dado todo. Que lo había vivido todo.
Fui al baño una última vez. Me lavé las manos llenas de carboncillo, me acomodé el bolso, agarré con cuidado mis hojas dibujadas —algunas con trazos torpes, otras con más intención, todas hechas con el alma— y caminé despacio alrededor del modelo. Él seguía acostado, con los brazos detrás de la cabeza, en esa pose final que parecía una mezcla entre descanso y ofrenda. Le dediqué una mirada de gratitud silenciosa. No solo por posar, sino por sostenernos con su presencia todo ese rato.
Me acerqué a Marco. Le sonreí con el corazón en la voz:
—Gracias por todo. De verdad. Esto fue increíble.
Él me respondió con una sonrisa sencilla, esa de “sabemos lo que vivimos aquí”.
Luego saludé al grupo, les agradecí por haber compartido ese espacio, y salí de la Casa Gaspar con el corazón liviano, pero también lleno.
Afuera, el auto estaba esperándome. Me subí, abrí la puerta con una mezcla de cansancio y emoción. Y ahí estaba mi hija, mirándome con esa carita que derrite el alma.
—Mami, ¿puedo ver tus dibujos?
Y eso fue todo para mí. 💘
Saqué mis hojas y se las mostré. Ella las vio con una mezcla de sorpresa, ternura, y curiosidad. No criticó, no preguntó si estaban “bonitos” o “bien hechos”. Solo los miró, como si fueran tesoros.
Mi esposo me miró por el retrovisor y dijo:
—¿Vamos a comer algo rico?
Y así, con mis manos manchadas, el alma limpia, y mi niña feliz, nos fuimos a celebrar con una pizza artesanal en Alajuela.
Y mientras comíamos, me di cuenta de algo: esa niña que yo era en prekínder, la que amaba los crayones, las tijeritas, y las actividades creativas… había vuelto. No por un rato, sino para quedarse.
Ahora ya no solo soy mamá. También soy artista.
Escritora
Raquel Zamora Alvarado
Ced 206010877
All reactions:
Marco Chía

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