Cuento: Leche para el silencio por Raquel Zamora
El camisón se pegaba a su piel, húmedo y frío. Cada noche, Ana despertaba al sentir la presión en el pecho, una necesidad física que no tenía a dónde ir. La leche brotaba, manchando las sábanas, empapando el aire con un olor dulce y ácido. Se levantaba sin encender la luz, porque la oscuridad era más piadosa que la realidad. Al final, todo seguía igual: su cuerpo llamando a alguien que ya no podía escucharla.
La casa no era un refugio. Las paredes, blancas y desnudas, parecían respirar en su contra, recordándole que Sofía no estaba. La cuna seguía en la esquina de la habitación, como un testigo mudo de su ausencia. Ana intentaba ignorarla, pero el polvo que se acumulaba sobre las barandas le daba la sensación de que el olvido empezaba a cubrirlo todo.
En la primera noche después del entierro, el silencio fue un cuchillo que atravesó su pecho. Recostada en la cama, creyó escuchar algo. Primero un gemido, bajo y trémulo, como el viento arrastrándose por los rincones. Después, un llanto. Lo reconoció de inmediato. No era un sonido real, sino algo que nacía de dentro, desde el hueco profundo que su hija había dejado en su vientre. Apretó las sábanas, tratando de convencerse de que era sólo el eco de su mente. Pero el llanto persistió.
A veces soñaba con Sofía. No con el color de sus ojos ni la curva de su sonrisa, sino con la tumba. En el sueño, la veía ahí, atrapada, el pequeño ataúd cubierto de tierra húmeda. Sofía no lloraba. La miraba en silencio, con los labios secos y los ojos hundidos. Cuando Ana despertaba, la leche goteaba sobre su pecho, y el olor le recordaba que no había nada que pudiera hacer para saciar ese hambre que no era suya.
Durante el día, Ana evitaba pasar frente al espejo. Había algo en su reflejo que le resultaba intolerable: la forma en que su cuerpo seguía funcionando, como si aún tuviera un propósito. Cada vez que se tocaba el pecho, sentía el peso de esa necesidad, como si fuera un mensaje que no podía ignorar. “Tiene hambre”, se decía a sí misma, aunque sabía que no era verdad.
El panteón estaba a tres calles de su casa. Podía verlo desde la ventana, una línea de cruces oscuras que se alzaban como sombras deformes contra el cielo gris. Ana no iba. No podía. Sólo la idea de caminar entre las lápidas le llenaba el pecho de un miedo húmedo y frío, un miedo que no era por ella, sino por Sofía. ¿Le tendría miedo a la oscuridad? ¿Estaría sola? ¿Podría escucharla si le cantaba desde la distancia?
La culpa era una presencia constante. La seguía por toda la casa, se sentaba junto a ella en la mesa vacía, se colaba en el baño cuando intentaba lavar la leche de su camisón. Ana sentía que había fallado. No por no haber salvado a Sofía, sino porque la había dejado allí, en ese lugar frío y húmedo, rodeada de extraños que también dormían bajo la tierra. La leche, que una vez fue alimento y vida, ahora era un recordatorio de todo lo que no podía devolverle.
Una noche, el llanto volvió, pero esta vez no se apagó con el amanecer. Era un sonido tenue, casi un susurro, como si viniera de muy lejos. Ana cerró las cortinas, tratando de bloquearlo, pero no sirvió de nada. El llanto se instaló en su pecho, latiendo al ritmo de su propio corazón. Sofía la llamaba. Lo sabía. El tirón en sus pechos se volvió insoportable, como si su cuerpo quisiera arrastrarla hacia el cementerio.
Con las piernas temblorosas, se vistió y salió a la calle. La luna iluminaba las lápidas, proyectando sombras alargadas que parecían moverse con vida propia. Cuando llegó a la tumba, la cruz estaba torcida, hundida en la tierra húmeda. Ana cayó de rodillas, sintiendo el frío del suelo colarse por su piel. Acarició la tierra con manos temblorosas, murmurando palabras que ni ella misma entendía.
"Mamá, tengo hambre."
El susurro fue claro, nítido, como si Sofía estuviera allí, a su lado. Ana clavó las uñas en la tierra, cavando con una desesperación animal. Las tetas casi reventadas en este liquido nutriente, las venas azules marcaban su pecho, la leche empapaba su camisón, mezclándose con el barro que cubría sus manos. Cavó hasta que las uñas se le rompieron, hasta que la piel de sus dedos sangró. Pero no llegó a encontrar nada. El ataúd seguía lejos, inalcanzable, y el susurro se desvaneció con el amanecer.
La encontraron al día siguiente, tendida sobre la tierra removida, se notaba la fuerte infeccion por mastitis en sus pechas, con el rostro sucio y el camisón hecho jirones. Sus ojos estaban abiertos, pero no miraban nada. Las vecinas se acercaron con cautela, murmurando oraciones. "Está loca", decían algunas. "Pobre mujer", decían otras. Nadie entendía que lo único que Ana había querido era alimentar el vacio del silencio.
Autora Raquel Zamora Alvarado
Ced 206010877

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