CUENTO La Fecha de la Muerte

 


"La Fecha de la Muerte"

La tormenta estalló sobre la ciudad como un viejo dios iracundo, lanzando relámpagos que desgarraban la noche en destellos crueles. Clara despertó con un aliento ahogado. Su corazón latía contra sus costillas como un prisionero golpeando la pared de su celda.

No necesitaba recordar el sueño.

La fecha aún palpitaba en su mente como un susurro venenoso: 7 de noviembre de 2027.

No era un murmullo. No era una advertencia. Era una sentencia.

Se sentó en la cama, sintiendo la humedad pegajosa de su sudor enfriarse contra la piel. Afuera, la lluvia martillaba la ventana con dedos ansiosos. El cuarto olía a electricidad y a algo más: un leve rastro de ozono, el perfume de lo que aún no había sucedido.

Entonces, lo escuchó.

Un sonido distante, mecánico, arrastrado, como si un engranaje colosal girara por primera vez en siglos.

BrrrrrrrrrrrRRRROOOOONNNN.

La vibración le recorrió la espalda como un escalofrío líquido, erizando cada vello de su cuerpo.

No provenía de su teléfono, ni de la calle, ni de la casa. No pertenecía a ningún sitio, y, sin embargo, llenaba el aire con su vibración profunda, espectral, como si algo, en algún lugar, estuviera despertando.

El sonido se repitió.

Más fuerte.

Más cerca.

Clara tragó saliva.

El frío subió por su nuca, apretándole la garganta con dedos invisibles. Su piel hormigueó con esa sensación indescriptible de ser observada.

Había tratado de ignorar la fecha. Se obligó a creer en la casualidad, en el absurdo de los presagios. Pero las señales crecían, como raíces que rompían la piedra. El número se repetía en recibos, en matrículas de autos, en la pantalla de su teléfono. Una vez, hojeando un libro polvoriento en una librería de viejo, sus dedos se detuvieron en una página al azar. Era un poema sobre la muerte. La última línea decía:

"Y el 7 de noviembre cayó la sombra sobre él."

El pánico se enroscó en su pecho como un animal hambriento.

Las semanas avanzaron con la lentitud de un reloj de arena que gotea cenizas en vez de arena.

El día llegó.

Esa noche, Clara se encerró en casa. No había dejado cabos sueltos. La casa estaba limpia, los documentos en orden. En su escritorio, una pila de cartas escritas con trazo tembloroso esperaba a sus destinatarios.

Se sentó en la sala con la respiración contenida. Afuera, la ciudad dormía. Adentro, todo era un sepulcro.

El reloj avanzó con un sonido hueco.

Tic. Tac. Tic. Tac.

11:58.

El aire se espesó. Algo invisible parecía expandirse en la habitación, como si la gravedad misma se doblara bajo el peso de una presencia.

Un nuevo escalofrío le recorrió la columna, y esta vez fue insoportable. Como si un aliento gélido rozara su nuca.

BrrrrrrrrrrrRRRROOOOONNNN.

El suelo vibró bajo sus pies.

Clara sintió su piel erizarse, primero en los brazos, luego en la nuca, hasta que todo su cuerpo se cubrió de una piel de gallina dolorosa. Su pecho se apretó. Su estómago se encogió como si un vacío negro estuviera succionando su interior.

El sonido ya no era lejano.

11:59.

Un hormigueo helado se deslizó por sus dedos.

Las bombillas chisporrotearon.

La pantalla del televisor se encendió sola.

La estática inundó la pantalla con un zumbido distorsionado, denso, brumoso, como si algo intentara abrirse paso desde el otro lado.

Clara sintió el impulso de levantarse, de correr, de salir. Pero su cuerpo no respondió.

Estaba congelada en su lugar.

La ventana vibró.

El reloj marcó la medianoche.

Un golpe seco resonó en la puerta.

No un golpe común. No el golpeteo casual de la lluvia o el gemido de la madera.

Era un toque firme, calculado.

Clara sintió un sudor frío descender lentamente por su espalda.

Otro golpe.

Y otro.

Un latido sordo y pesado se formó en su garganta.

El sonido industrial estalló de nuevo, ensordecedor.

El teléfono sonó.

Ella apenas podía respirar.

El aparato vibraba sobre la mesa con un parpadeo insistente.

Número desconocido.

Con dedos entumecidos, contestó.

—¿Hola? —su voz fue apenas un susurro.

Por un momento, solo estática.

Luego, una voz de niña, distante, rota, como si hablara desde un pozo sin fondo:

—Ya pasó la medianoche, Clara. Ya murió la que fuiste. Ahora… nos toca a nosotros.

La llamada se cortó.

El reloj marcó las 12:01.

BrrrrrrrrrrrRRRROOOOONNNN.

Las luces estallaron.

El televisor dejó de transmitir estática y mostró algo.

Una imagen.

Clara.

Pero no era Clara.

Era su reflejo, sentada en el mismo sillón, en la misma posición, con la misma ropa. Pero el otro rostro sonreía.

No de una forma humana.

Los ojos en blanco.

La boca demasiado abierta.

Un gélido horror le recorrió las venas.

La Clara en la pantalla levantó una mano y señaló la puerta.

El picaporte giró solo.

La puerta se abrió.

El aliento de Clara se convirtió en un suspiro roto.

Un aire helado entró en la casa, cargado con un aroma extraño, metálico, como sangre oxidada.

La figura en la pantalla parpadeó.

Ahora estaba más cerca.

Su sonrisa se ensanchó.

La pantalla se oscureció.

Clara intentó gritar.

El sonido la devoró.

Oscuridad.


Epílogo

A la mañana siguiente, los vecinos encontraron la puerta de Clara entreabierta.

Adentro, todo estaba intacto.

Solo había un detalle extraño.

El televisor encendido, con una imagen congelada en la pantalla.

Una mujer sentada en un sillón, mirando directo a la cámara.

Su sonrisa no se movía.

Pero sus ojos sí.

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