Cuento El castillo de espejos rotos
El castillo de espejos rotos
París nunca entendió cuándo comenzó a caerse el castillo. Al principio, todo parecía firme. Había paredes hechas de risas de infancia, de tardes que olían a maíz fresco y cielos despejados sobre los caseríos de Alajuela. Pero los espejos tienen grietas invisibles, y los cimientos que parecen sólidos rara vez lo son.
Lo supo aquella tarde. El día que abrió la puerta y encontró a su madre y al hombre que había prometido ser su refugio, unidos en una coreografía cruel que no pedía perdón. El aire se tornó denso, casi imposible de respirar. Sus piernas no temblaron, pero dentro de ella algo se derrumbó con un estruendo que solo ella escuchó. París cerró la puerta sin hacer ruido, porque no quería que ellos notaran que acababan de desarmarla por completo.
Esa noche, salió de casa con el corazón convertido en un páramo. No buscaba consuelo; consolarse implicaba aceptar que aquello era real. No, lo que París quería era silencio. Y lo encontró en un polvo blanco que ardió como hielo en su garganta, quemando todo a su paso: su rabia, su pena, incluso sus pensamientos.
El polvo la sostuvo un tiempo, pero el tiempo es un traidor, y las cosas que primero calman luego exigen. Cuando ya no pudo calmarse con menos, apareció el crack, ofrecido como un regalo envenenado. Su cuerpo, que antes era fuerte y ágil, se convirtió en una herramienta que ya no le pertenecía. Se vendió porque no había otra forma de mantenerse a flote. Las noches dejaron de ser noches; eran un laberinto sin salida, un lugar donde el tiempo no existía y las horas no se medían en minutos, sino en dosis.
En ese estado, París dejó de mirarse en los espejos. Sabía que ya no reflejarían un rostro, sino un vacío. Pero el vacío también se cansa de ser vacío, y un día, en medio del polvo y el cansancio, apareció algo distinto.
Era una mujer. No tenía nada especial, al menos no a simple vista. Llevaba un delantal blanco que ya mostraba las marcas del día, y en sus manos sostenía una canasta de empanadas. Pero había algo en sus ojos que brillaba, algo que parecía decir: Yo sé. Yo entiendo.
“Mi amor, ¿me dejaría orar por usted?”
La pregunta flotó en el aire como si esperara permiso para asentarse en el alma de París. No supo qué responder, porque nadie le había preguntado algo con tanto cuidado en años. Solo asintió, sin palabras, y dejó que la mujer tomara sus manos.
Las palabras de aquella oración no eran grandilocuentes ni llenas de fórmulas elaboradas. Eran simples, como si provinieran de un lugar profundo, íntimo, que conectaba el cielo con la tierra. Y mientras aquella mujer oraba, París sintió algo extraño, algo que no había sentido en tanto tiempo que casi lo había olvidado: paz. Una paz que se filtraba entre las grietas de su alma, como si una fuerza invisible estuviera sosteniéndola, reparándola.
Cuando la mujer terminó, le sonrió y le dijo: “Dios tiene un plan para usted, mi amor. No lo olvide.” Luego, con una dulzura inexplicable, desapareció entre la multitud. París trató de buscarla en los días siguientes, pero la mujer parecía haberse desvanecido, como un ángel que cumplió su misión y volvió al cielo.
Esa noche, París soñó. Estaba en un cuarto oscuro, sosteniendo un tubo que parecía quemarla desde adentro. Pero esta vez no estaba sola. Una luz tenue comenzó a iluminar la habitación, una luz que no venía de una lámpara ni de una ventana, sino de algún lugar dentro de ella. Sentía miedo, sí, pero también un desafío. Era como si esa luz le dijera que tenía que levantarse, que el tiempo de huir había terminado.
Cuando despertó, empapada en sudor, supo que algo había cambiado. No fue solo un sueño; fue una señal. La oración de aquella mujer había sembrado en ella una fuerza que no era suya, una voluntad que sentía como divina, un impulso inexplicable para luchar, para salir del abismo.
La salida no fue un acto heroico, sino una guerra diaria. Cada recaída, cada lágrima derramada en la soledad de la noche, era un recordatorio de que las cadenas no se rompen sin esfuerzo. Pero en medio de esas batallas, París sintió que Dios caminaba a su lado, sosteniéndola cuando sus fuerzas fallaban.
Hoy, París vive en una casa pequeña donde las paredes no reflejan su pasado, sino su esfuerzo. Sus manos, que antes temblaban, ahora construyen: prepara comida, cose ropa, acaricia a sus hijos. Cada amanecer es una oportunidad para demostrar que los espejos rotos pueden ser reemplazados por ventanas que dejan entrar la luz.
Y aunque a veces el pasado todavía la visita, ya no le teme. Porque París entendió que la verdadera fuerza no está en evitar las grietas, sino en aprender a vivir con ellas, y que cuando la voluntad humana tropieza, una fuerza divina puede tomar su lugar para recordarte que siempre se puede volver a empezar.
Escritora
Raquel Zamora
Ced 206010877
Alajuela, Costa Rica
Enero, 2025

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