Cuento: Bajo los alisios


 

Bajo los alisios

En diciembre, los vientos alisios descendían de las montañas de Costa Rica como antiguos heraldos, cargados de memorias y secretos que solo ellos entendían. Las ráfagas, salvajes y persistentes, movían las hojas secas y retorcían las ramas de los árboles como si intentaran arrancar algo de la tierra misma. Para Ángel, aquellos vientos siempre habían sido un anuncio de celebración, pero ese año, eran un recordatorio cruel de la ausencia que lo carcomía.

Su hermana había muerto semanas antes, dejando tras de sí un vacío que ni el bullicio de la Navidad ni el calor de la familia podían llenar. Ella era la chispa de cada reunión, la que llenaba las casas con su risa y tejía hilos invisibles que mantenían unida a la familia. Ahora, con su partida, todo parecía desmoronarse, y Ángel vagaba por los días como una sombra, persiguiendo algo que no podía nombrar.

Había algo que lo perseguía con especial intensidad: el recuerdo de una confesión que su hermana le había hecho en sus últimos días.

—Siempre quise subirme a un descapotable —le había dicho, con una sonrisa frágil y melancólica—. Sentir el viento en el rostro, como los alisios en diciembre. Como si pudiera volar.

Ángel y su esposa habían intentado cumplir ese deseo, pero la enfermedad avanzó con una crueldad implacable, dejándolos con la amarga certeza de que no habría tiempo.

El 24 de diciembre, incapaz de soportar el peso de las paredes de su casa, Ángel salió a caminar. Los alisios soplaban con una furia inusual, levantando torbellinos de polvo y hojas que parecían danzar alrededor de él. El aire tenía un olor peculiar, mezcla de tierra húmeda y algo más indefinible, algo antiguo, como si los vientos llevaran consigo las voces de quienes ya no estaban.

En una esquina del barrio, se encontró con su vecina. Era una mujer con la que apenas intercambiaba saludos, pero esa tarde ella lo detuvo, su expresión tan seria que Ángel sintió un escalofrío antes de que hablara.

—Perdón si te incomodo —dijo, tras un breve silencio—, pero necesito contarte algo extraño.

Él no dijo nada, pero su mirada la instó a continuar.

—Hace unos días soñé con tu hermana.

Ángel sintió que el aire alrededor se detenía, como si los mismos alisios se hubieran quedado quietos para escuchar.

—La vi aquí mismo, en esta calle —continuó ella, su voz temblorosa, como si no terminara de creer sus propias palabras—. Yo estaba paseando a mi perrita, y de repente apareció. Pero no como la recordaba. Se veía diferente… hermosa.

Ángel sintió cómo su pecho se tensaba.

—Llevaba el cabello suelto, moviéndose con el viento, y estaba… radiante. Pero lo más extraño fue cómo llegó. Iba en un coche descapotable, rojo, brillante. Conducía sola, con una sonrisa que nunca había visto en nadie. Parecía libre, como si nada la atara.

La vecina hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, sus palabras fueron aún más inquietantes.

—Me miró. No dijo nada, pero supe que quería que yo lo viera, que te lo contara.

Ángel no respondió. No podía. Las palabras de la vecina se mezclaban con los recuerdos de su hermana, con su deseo no cumplido, con el peso de todo lo que había quedado inconcluso.

Regresó a casa como un sonámbulo. Esa noche, mientras los demás celebraban, Ángel se encerró en su habitación. Afuera, los alisios seguían rugiendo, golpeando las ventanas y silbando entre los tejados. Cerró los ojos, pero las imágenes seguían ahí: su hermana en el descapotable, el viento jugando con su cabello, su sonrisa que no era solo alegría, sino algo más, algo insondable.

En algún momento de la noche, entre la vigilia y el sueño, Ángel sintió que el viento se colaba por cada rendija de la casa, susurrando su nombre. Abrió los ojos y la vio. No sabía si era un sueño o algo más, pero ahí estaba ella, conduciendo el descapotable rojo bajo un cielo extraño, donde las estrellas parecían más cercanas y más frías.

Los alisios la envolvían, pero no como lo hacían con él; parecían formar parte de ella, levantando su cabello y acariciando su piel como si fueran viejos amigos. Su mirada se encontró con la de Ángel, y su sonrisa, esa sonrisa, contenía algo que él no podía descifrar del todo: una mezcla de despedida y consuelo, de paz y algo que rozaba la melancolía.

El viento se intensificó, y en un abrir y cerrar de ojos, ella desapareció, dejando tras de sí un vacío que parecía aún más profundo.

A la mañana siguiente, el cielo estaba despejado, pero los alisios seguían soplando con fuerza. Ángel salió al patio y dejó que el viento lo envolviera. Cerró los ojos y por un instante sintió que no estaba solo. El aire que lo rodeaba era frío, pero en él había algo cálido, algo que rozaba lo humano.

Desde entonces, cada diciembre, cuando los alisios regresan, Ángel sale al patio y escucha. Hay algo en la manera en que el viento mueve las hojas y acaricia su rostro, como si trajera consigo fragmentos de otra realidad, un sonido de un coche descapotable y una figura que lo atraviesa todo: luz, sombra, y viento.

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