El Perfume de la Casona
La casona de mi abuelo había estado deshabitada por años, abandonada entre la densa vegetación de las montañas costarricenses. Mis recuerdos de infancia la pintaban como un lugar acogedor, cálido, con el aroma a café recién molido impregnando las vigas de madera y el eco de las risas familiares llenando el amplio corredor. Sin embargo, cuando volví, todo parecía haber cambiado. O quizás no era tanto el lugar, sino yo.
Tenía un motivo claro para regresar. Mi abuelo había fallecido hacía tres meses, y la casona me pertenecía ahora. Había rumores entre los vecinos: que la casa estaba maldita, que las sombras en sus ventanas eran más que simples juegos de luz. Nadie se atrevía a entrar, pero yo no creía en fantasmas ni en maldiciones. Mi interés era más práctico: venderla, aprovechar el dinero para establecerme en la ciudad.
El primer día, cuando crucé la puerta, noté algo que me erizó la piel. No era tanto el deterioro del lugar, sino una sensación densa en el aire. Algo viscoso parecía adherirse a mi piel, como si la atmósfera misma me envolviera en una tela invisible. Sacudí la cabeza, achacando la sensación a la humedad y el polvo que, después de tantos años, había invadido la casa.
Lo primero que me golpeó fue el olor. No el familiar aroma del café, sino algo más oscuro, más profundo. Un perfume acre que me recordaba a sangre vieja, como si el aire estuviera impregnado de algo que había estado fermentando durante años. Inhalé profundamente, buscando rastros de humedad o moho, pero había algo más, algo metálico, algo perturbadoramente vivo en esa fragancia.
La tarde cayó rápidamente, y me dispuse a limpiar. Mientras pasaba un trapo sobre los muebles cubiertos de polvo, un ruido sordo resonó en la sala de estar, como si algo hubiera golpeado el suelo. Me acerqué, agudizando el oído. El sonido era tenue pero constante, como un golpeteo irregular. De pronto, el olor se intensificó, inundando mis fosas nasales, y sentí náuseas. Me llevé una mano a la boca, luchando por no vomitar.
Decidí salir al corredor para tomar aire, pero algo frío rozó mi mejilla. Un contacto helado, húmedo, como el roce de dedos invisibles sobre mi piel. Retrocedí instintivamente, y cuando miré alrededor, no había nadie. Me repetí que era solo mi imaginación, el cansancio y la sugestión jugando conmigo.
Intenté concentrarme en el trabajo. Encontré un viejo baúl en el ático, uno que recordaba vagamente de niño. Lo abrí con dificultad, la madera crujía y la bisagra oxidada dejó escapar un chillido agudo que se me clavó en los oídos. Dentro, había una serie de objetos que no recordaba haber visto antes: una muñeca de trapo con los ojos deshilachados, una cuerda enredada y, lo más desconcertante, una botella pequeña de vidrio. El líquido en su interior era espeso y rojo. Sin pensarlo mucho, acerqué la botella a mi nariz y lo olí.
Era el mismo perfume. Esa mezcla de sangre vieja y óxido, de algo pútrido pero familiar. Mi estómago se revolvió, pero esta vez el impulso de vomitar fue más fuerte. Dejé caer la botella, que rodó por el suelo con un golpeteo hueco, y corrí hacia el baño. Me incliné sobre el lavabo, pero antes de poder vomitar, sentí algo en la lengua. Era un sabor metálico, como si hubiera mordido el borde de una cuchilla oxidada. Pasé la mano por mi boca, pero no había sangre.
Aquella noche decidí quedarme en la casa, a pesar de la creciente incomodidad que sentía. No quería dejarme llevar por el miedo, no tan rápido. Me acosté en una de las viejas camas, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos, podía sentir la textura áspera de las sábanas frotándose contra mi piel, como si estuvieran vivas, como si se movieran ligeramente, apenas perceptibles, bajo mi peso.
Lo peor fue el silencio. Un silencio tan absoluto que me pesaba en los oídos, que parecía aplastarme el cráneo. No había grillos, ni viento, ni siquiera el crujir habitual de una casa vieja. Sólo estaba yo, mi respiración y algo más. Algo que sentía en las paredes, en el suelo, algo que acechaba detrás de cada rincón.
Alrededor de la medianoche, el golpeteo volvió. Era más fuerte, más insistente. Esta vez no dudé. Salté de la cama y corrí hacia la sala de estar. El sonido venía del suelo, bajo las tablas. Caí de rodillas y comencé a golpear el suelo con las manos, desesperado. Mi piel se raspaba contra la madera áspera, y un calor subió por mis dedos. Sabía lo que era antes de verlo: sangre. Mi sangre, mezclada con el polvo del suelo. Pero el sonido seguía.
Desesperado, decidí romper las tablas. Encontré una vieja palanca en el almacén y, con todas mis fuerzas, levanté una de las tablas del suelo. Un hedor tan fuerte, tan penetrante, emergió del agujero que me hizo tropezar hacia atrás. El olor a muerte, a algo que había estado pudriéndose durante años.
Miré dentro del agujero. No pude ver nada al principio, solo oscuridad, pero luego lo escuché de nuevo: el golpeteo, ahora más claro, más nítido. Y lo vi. Unas manos. Pequeñas, huesudas, asomando de la tierra. Estaban cubiertas de tierra húmeda, con las uñas rotas, y se movían lentamente, como si estuvieran tratando de salir.
Retrocedí, horrorizado, incapaz de apartar la mirada. Entonces, el perfume regresó, más fuerte que nunca, envolviéndome en una nube densa. La botella que había encontrado en el baúl estaba en el suelo, intacta. La recogí sin pensar, con las manos temblando, y fue en ese momento que entendí. Ese perfume no era solo una fragancia. Era un sello, una marca para lo que estaba debajo, algo que nunca debió haber sido liberado.
El eco del golpeteo resonó en mis oídos mientras dejaba caer la botella. No pude moverme, no pude hacer nada más que sentir cómo el aire se volvía pesado y denso a mi alrededor.

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