Cuento La Finca de los Susurros




 

La Finca de los Susurros

En algún lugar de las montañas de Talamanca, donde las nubes parecen chocar contra los picos y la vegetación es tan densa que apenas deja pasar la luz, se encuentra la finca de Don Abel. Para los vecinos del valle, aquella finca siempre había sido un sitio de misterios. No solo porque Don Abel raramente se dejaba ver en el pueblo, sino porque muchos juraban que, en las noches más oscuras, se escuchaban susurros extraños que bajaban desde el cerro, como si las almas del bosque se comunicaran entre ellas.

La historia de la finca se contaba de boca en boca. Algunos decían que Don Abel había hecho un pacto con los espíritus indígenas que habitaban la tierra mucho antes de que los colonos llegaran. Otros aseguraban que había tesoros enterrados en las entrañas del terreno, protegidos por fuerzas sobrenaturales. Pero lo más perturbador era el rumor sobre los desaparecidos. Nadie sabía con certeza cuántos, pero todos en el pueblo sabían de alguien que había subido a la finca y nunca había regresado.

Una tarde nublada, Julia, una joven que acababa de llegar al pueblo buscando trabajo, decidió visitar la finca. El dinero escaseaba y había oído que Don Abel buscaba gente para la cosecha. A pesar de los murmullos y advertencias, ella no creía en leyendas. Lo que quería era sobrevivir.

El sendero hacia la finca era complicado. Un camino de tierra lleno de curvas, rodeado de vegetación espesa que parecía cerrarse a su paso. Mientras ascendía, notó que el aire era más pesado, el silencio más profundo. Ni siquiera el canto de los pájaros rompía la quietud. Julia pensó que tal vez había llegado la época en que los animales migraban, pero algo dentro de ella le decía que aquello era distinto. Que no estaban migrando; estaban escondidos.

Al llegar a la entrada de la finca, la recibió una casona vieja de madera oscura, apenas visible entre la niebla que empezaba a formarse. La puerta se abrió lentamente con un crujido, y una figura delgada y encorvada salió a recibirla.

—Don Abel me envió —dijo la mujer, con una sonrisa torcida y unos ojos que no parecían ver. —Pasa, muchacha. Él está adentro, esperándote.

Julia entró con paso vacilante. En el interior, la casa estaba decorada con viejos muebles de madera y figuras talladas que parecían indígenas, aunque sus rostros eran más extraños, casi distorsionados. El ambiente olía a tierra mojada y algo más, algo rancio, como si el tiempo se hubiese detenido allí, pudriéndose lentamente.

—Toma asiento —dijo Don Abel, apareciendo de la penumbra. Era un hombre alto, de piel curtida por el sol, con unas manos enormes y una mirada que parecía capaz de atravesarla. —Hay trabajo, pero no es lo que piensas.

Julia no supo qué decir. Algo en la voz de Don Abel le provocaba escalofríos, pero no quería mostrarse débil. No podía darse el lujo de perder la oportunidad.

—No importa el trabajo, necesito el dinero —respondió con valentía, aunque sentía que algo no estaba bien.

Don Abel rió suavemente y asintió.

—Veremos si sigues pensando lo mismo al final del día —dijo enigmáticamente.

El trabajo consistía en recoger plantas que crecían al fondo de la finca, cerca de un viejo cementerio indígena. Mientras caminaba entre los matorrales, Julia sintió de nuevo ese susurro, un murmullo en el viento que parecía llamar su nombre. Giró varias veces para ver si alguien la seguía, pero no había nadie, solo la espesura del bosque.

Al caer la noche, los murmullos se volvieron más fuertes. Eran voces que no entendía, palabras en una lengua que no reconocía, pero que de alguna manera comprendía. Algo la estaba observando, algo que vivía en esa tierra desde mucho antes que Don Abel. De pronto, sintió un frío intenso a sus espaldas. Cuando volteó, la figura encorvada de la mujer que la había recibido estaba a pocos metros, pero ya no sonreía. Sus ojos estaban vacíos, y de su boca salía un susurro más claro, una palabra repetida en un dialecto ancestral.

—Estás marcada —dijo la mujer, antes de desaparecer en la niebla.

Julia corrió de vuelta a la casa. Su corazón latía con fuerza. Cuando llegó, encontró a Don Abel sentado en su viejo sillón, como si nada hubiera pasado.

—Lo sabías —gritó ella, enfrentándolo—. Sabías lo que había allá afuera, y aún así me enviaste.

Don Abel la miró, tranquilo.

—No todos escuchan los susurros, muchacha. Solo aquellos que eligen. La tierra reclama lo que es suyo, y ahora también te reclama a ti.

Julia sintió un peso caer sobre ella. Las voces en su cabeza se intensificaban. Entendió que los desaparecidos no habían sido víctimas al azar; habían sido elegidos, marcados por los espíritus que gobernaban esa tierra antigua.

—No podrás huir de ellos —dijo Don Abel—. Puedes marcharte, si quieres, pero las voces te seguirán a donde vayas. Siempre.

Julia salió corriendo de la finca, huyendo por el mismo sendero por el que había llegado. Pero incluso cuando alcanzó el pueblo, los susurros no desaparecieron. Esa noche, al cerrar los ojos, escuchó las voces aún más fuertes, como si estuvieran a su lado, susurrándole secretos que no quería escuchar. Sabía que no tendría paz. Sabía que las sombras de la finca la habían reclamado para siempre.

Comentarios

Entradas populares