Cuento La Casa de Doña Eulalia
La Casa de Doña Eulalia
En el pueblo de Orotina, entre los campos de piña y los atardeceres rojos, vivía Doña Eulalia, conocida en toda la zona por sus famosos bizcochos de maíz y tamal asado. No había evento que no contara con uno de sus manjares: ferias, bautizos, cumpleaños, incluso funerales. Las mujeres del pueblo decían que sus manos estaban tocadas por los santos, que ningún otro pan salía con la suavidad del suyo, ni con el aroma que inundaba las casas vecinas cuando encendía su horno viejo de barro.
Tenía un pequeño salón en la parte de atrás de su casa, donde recibía a sus clientes. Las paredes de madera, ya curtidas por el tiempo y la humedad, estaban adornadas con fotografías antiguas de fiestas y bodas, y en todas, la estrella no era la novia o el cumpleañero, sino el postre de Doña Eulalia.
Pero había algo en esa casa que siempre generaba una sensación extraña entre quienes la visitaban. Las ventanas permanecían cerradas, como si el sol nunca fuera bienvenido. Las cortinas de encaje amarillento apenas dejaban ver el interior desde afuera, y las viejas tejas del techo siempre parecían a punto de colapsar. Decían que la casa olía a humedad, pero había quienes aseguraban que el olor era más a soledad, a encierro.
A pesar de eso, cada vez que alguien cruzaba la puerta principal, todo cambiaba. El aire frío del corredor se esfumaba y, de repente, el mundo se llenaba del olor cálido del maíz recién horneado, del azúcar caramelizada y del coco rallado. Era como entrar en otro mundo, uno donde los problemas del día a día no existían.
Mi mamá iba a menudo a la casa de Doña Eulalia para encargarle algo. Siempre que podía, me llevaba con ella. Aunque yo no decía nada, siempre me ponía nerviosa cuando entrábamos. Mientras mi mamá hablaba con Eulalia, yo me entretenía observando los objetos que colgaban del techo: un viejo atrapasueños, unas mazorcas secas, y, en una esquina, una muñeca de porcelana con el rostro pálido y los ojos muy abiertos. Esa muñeca siempre me miraba.
Un día, mientras esperábamos, escuché a mi mamá preguntar por el hijo de Eulalia, Ramón, que, según decían, había ido a trabajar a la capital hacía años. Eulalia respondió con su habitual tono monótono, casi distante.
—Ramón está bien, sigue allá, ocupado.
Pero en su voz había algo raro, algo que me hizo pensar que tal vez no decía toda la verdad. Las señoras del pueblo murmuraban que Ramón nunca se había ido, que Eulalia lo tenía encerrado en algún cuarto oscuro de la casa. Otros decían que Ramón se había ahogado en el río, pero que Eulalia no lo aceptaba y por eso seguía horneando, como si esperara su regreso. Nadie sabía la verdad, y Eulalia nunca aclaraba los rumores.
El día de mi cumpleaños número diez, mi mamá fue de nuevo a encargar uno de sus postres. Yo insistí en ir con ella. Quería la mejor torta chilena que Doña Eulalia pudiera hacer. Sabía que no sería como las otras, que el sabor sería más dulce, la crema más suave, los colores más vibrantes.
Cuando llegamos, la puerta estaba entreabierta, pero el silencio era extraño. Entramos al salón y lo primero que vimos fue la silla de Doña Eulalia vacía, como si hubiera salido de prisa. Todo estaba en su lugar: las fotos, el atrapasueños, la muñeca. Pero el olor era distinto, como a tierra mojada y algo más metálico, como sangre.
—Eulalia, ¿estás?— llamó mi mamá, pero nadie respondió.
De repente, vi algo moverse en el fondo, junto al corredor que llevaba a las habitaciones. Un bulto oscuro, una sombra rápida. Mi mamá me agarró de la mano y, sin decir nada, salimos de la casa. Afuera, el viento empezó a soplar más fuerte, arrastrando hojas secas por la calle. Mi mamá me miró y me dijo:
—Hoy no... volvemos otro día.
Esa misma noche, escuchamos los rumores. Decían que Eulalia se había desaparecido. Alguien vio que una camioneta negra se había llevado algo grande, cubierto con una manta, desde su casa al anochecer. Algunos aseguraban que era un cuerpo.
Al día siguiente, el pueblo estaba inquieto. Nadie había visto a Doña Eulalia desde esa tarde. Su casa permanecía cerrada, y no había señales de vida. Al final de la semana, la policía llegó. Entraron a la casa y encontraron algo que nadie esperaba: el cadáver de un hombre, momificado, en una habitación sellada, rodeado de decenas de bizcochos secos y mohosos. Era Ramón, su hijo, muerto hacía años. Lo que más sorprendió fue la muñeca de porcelana, que ya no estaba en su rincón. Había desaparecido, como Eulalia.
Nunca volvimos a ver a Doña Eulalia, pero en las noches, si pasabas cerca de su casa, algunos decían que podían oler el dulce aroma de sus tamal asados, y que si te asomabas a las ventanas, verías el rostro de la muñeca, observando desde la oscuridad.

Comentarios
Publicar un comentario