Relato: "Las Sombras de la Finca"
La niña solía subirse a la tapa del agua, en el viejo lugar conocido como Las Pilas. Desde ahí, podía ver todo el paisaje que se extendía más allá de los árboles. En aquellos días, el terreno era un extenso cafetal, donde los arbustos se alineaban como un ejército verde. Su padre le había dicho que, algún día, esas tierras estarían llenas de casas y familias, pero ella no lo creía. Todo parecía tan lejano, tan eterno. El viento traía consigo el olor del café en flor y, de vez en cuando, un murmullo suave, como si las hojas de los cafetos contaran secretos que ella no entendía. No decía nada, pero siempre sentía un escalofrío recorrerle la espalda, como si algo antiguo y desconocido habitara en esos campos.
Ahora, ya adulta, se encontraba en el mismo lugar, pero el paisaje había cambiado. Donde una vez hubo cafetales, ahora se erigían casas. Los terrenos que antes parecían respirar vida, hoy estaban cubiertos de asfalto y ladrillo. Sin embargo, la sensación de inquietud no había desaparecido. El aire seguía siendo denso, como si algo persistiera bajo la superficie. Las calles estaban vacías, las luces de las casas se apagaban temprano, y ella no podía evitar recordar aquellos murmullos del pasado. Ahora eran diferentes. Más oscuros. Más cercanos.
Recuerda cómo despedía a su padre en las primeras horas de la madrugada, cuando el sol apenas comenzaba a asomarse. Él se alejaba entre la niebla que cubría el terreno, y ella lo miraba hasta que se perdía de vista. No era el hecho de verlo marcharse lo que la perturbaba, sino lo que ocurría después. Se quedaba sola en la oscuridad, mirando hacia el canal de riego que atravesaba el lugar donde se plantaba la caña de azúcar. Allí, entre los surcos del terreno, creía ver sombras. Figuras que se movían entre la niebla, deslizándose en silencio. Nunca se lo mencionó a nadie, porque sabía que nadie le creería. O tal vez temía que lo hicieran.
Aquel canal, que corría paralelo a su casa, parecía tener vida propia. No era el agua lo que la asustaba, sino lo que imaginaba que acechaba en las profundidades de esa corriente oscura. Su padre siempre regresaba, pero cada vez que salía de casa, ella no podía evitar pensar en esas sombras que lo rondaban. En esos momentos, se preguntaba si algún día él no volvería. Si las figuras entre los cañaverales lo tomarían y lo arrastrarían lejos, hacia un lugar del que nadie regresaba.
Más tarde, cuando ya tenía edad suficiente para ir sola a visitar a su compañera de escuela, se aventuraba a las tierras que estaban más allá, donde antes había caballos y árboles frutales. El lugar siempre le había parecido extraño, con su atmósfera densa y las ramas de los árboles que se alargaban como brazos oscuros hacia el cielo. Su amiga vivía en una pequeña casa cercana, y aunque la visitaba con frecuencia, siempre había algo en aquel lugar que la hacía sentirse incómoda.
Un día, notó algo que no había visto antes. En el suelo, cerca de los árboles frutales, unas piedras estaban dispuestas de una manera que no parecía natural. Eran grandes, toscas, y formaban un círculo irregular. Ella se detuvo a mirarlas, preguntándose si alguien las habría puesto allí intencionalmente. Algo en ese círculo le resultaba inquietante, como si las piedras guardaran un secreto antiguo, un ritual que nadie mencionaba, pero que todos conocían. Nunca se lo comentó a su amiga; no quería parecer asustada, pero desde ese día, las visitas se volvieron más cortas y cada vez más espaciadas.
Ahora, parada entre las sombras de las nuevas construcciones, se da cuenta de que el lugar nunca dejó de sentirse igual. Aunque los terrenos habían cambiado, aunque los caballos y los árboles frutales habían desaparecido, la sensación de estar siendo observada no había hecho más que intensificarse. Las casas estaban allí, nuevas y brillantes, pero vacías de alma. Nadie confiaba en nadie. Las familias vivían bajo el mismo techo, pero no se hablaban. El aire era pesado, sofocante, y en cada esquina se podía sentir esa presencia, ese eco del pasado que nunca había desaparecido del todo.
Por las noches, cuando salía a caminar por las calles desiertas, el viento traía consigo los mismos murmullos que había escuchado cuando niña. A veces, parecían voces lejanas, pero otras veces, eran más fuertes, más claras. Sabía que no había nadie allí, que las sombras eran solo un reflejo de su imaginación. Pero eso no las hacía menos reales. En las noches más oscuras, mientras las luces de las casas se apagaban una por una, el viento soplaba desde los terrenos que antes habían sido cafetales, trayendo consigo el recuerdo de las piedras, de los caballos, y de las figuras que aún rondaban en su mente.
Había crecido en estas tierras, pero nunca se había librado de la sensación de que algo estaba mal. De que algo seguía acechando entre las sombras, esperando el momento adecuado para revelarse. Las familias que habitaban ahora las nuevas casas parecían atrapadas en un ciclo eterno, incapaces de avanzar, condenadas a una vida de silencios y rencores. Como si estuvieran atadas a algo que no podían ver, pero que siempre había estado allí, debajo de la superficie. Igual que las piedras.
Las sombras, esos fantasmas del pasado, seguían ahí, respirando entre los árboles que ya no existían, escondiéndose en las esquinas de las calles vacías, esperando. Y en las noches, cuando el silencio era más profundo, ella sabía que no estaba sola.


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