Relato El Usufructo del Caos
El Usufructo del Caos
Patricia avanzaba lentamente por la sala, tratando de poner algo de orden en medio del caos que la rodeaba. El polvo se acumulaba en las esquinas, y las sombras alargadas que proyectaban los pocos muebles que quedaban la hacían sentir una opresión constante. ¿En qué momento todo se había venido abajo? La casa era un reflejo exacto de sus vidas: descuidadas, abandonadas, llenas de promesas que nunca se cumplieron. Los muebles viejos parecían mirarla con ironía desde su rincón, como si supieran algo que ella ignoraba. El polvo sobre la mesa, los papeles desperdigados por el suelo... todo indicaba que la vida, igual que la casa, se desmoronaba a pedazos.
Y luego estaba el mensaje de su madre, Sharon. Treinta mil colones. ¿Cómo pretendía que los consiguiera? ¿Acaso no sabía cómo estaban las cosas? Bastaba con echar un vistazo a las paredes, descascaradas, la construcción inacabada en el segundo piso, el olor a comida vieja y orines de gato que impregnaba cada rincón. Era como si el tiempo se hubiera detenido en esa casa, atrapándolas a todas en un ciclo eterno de ruina y desesperación.
Al otro lado de la sala, Carolina, su hermana, miraba el desorden con una expresión que oscilaba entre la frustración y la resignación. No decía nada, pero Patricia podía sentir su desaprobación, siempre presente aunque no se expresara en palabras. Claro, seguro que pensaba que todo era culpa suya, que ella no había sabido manejar las cosas. Y tal vez tenía razón. O quizás no. A veces no sabía qué pensar. Lo único que sentía era el peso insoportable de las expectativas que nunca lograba cumplir, de las deudas que se acumulaban y de la presión constante por sacar todo adelante.
Carolina, siempre tan distante, no ayudaba en lo más mínimo. Parecía tan indiferente ante todo lo que estaba sucediendo. Patricia la miró de reojo, observando cómo se movía por la casa sin el menor interés por su estado. La casa se caía a pedazos, y Carolina simplemente observaba. Su novio tampoco contribuía a mejorar la situación; todo parecía estar en su contra. Y ahí estaba Patricia, sola, con la responsabilidad de cargar con todo aquello.
El reloj en la pared, detenido hacía quién sabe cuánto tiempo, era un recordatorio constante de que el tiempo no estaba de su lado. Las horas pasaban, pero nada cambiaba. Las deudas seguían ahí, los problemas no desaparecían, y su madre no dejaba de exigirles dinero. Patricia sentía la presión acumulándose en sus hombros, como si todo el peso del mundo descansara sobre ella. ¿Qué podía hacer? No había forma de conseguir esos treinta mil colones. Tal vez debería dejarlo todo, pero, ¿de qué serviría? ¿Valía la pena seguir luchando por este usufructo?
La tensión en el ambiente era palpable. Patricia lo sentía en cada respiro. Y aunque Carolina no dijera una palabra, el reproche era evidente. Siempre era igual. Para Carolina, todo esto era culpa de Patricia. Todo. Pero, ¿qué más podía hacer? No había escapatoria. La vida no les daba tregua.


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