Narracion : "El Umbral entre la Vida y la Maternidad"

 





"El Umbral entre la Vida y la Maternidad"

Un 24 de agosto, víspera de luna llena, toqué mi vientre. No sentí movimiento de mi criatura, y mis miedos afloraron. Decidí ir al hospital. Con 40 semanas de gestación, siendo una mujer madura y primeriza en medio de una pandemia global, me encontraba sola y aterrada mientras se dirigía a los doctores…

El hospital San Rafael de Alajuela, un lugar donde muchas personas están al borde de la muerte, con diagnósticos de enfermedades terribles, alberga también un espacio para la vida. Allí, mujeres jóvenes y maduras, solteras y casadas, de todas clases sociales, traen al mundo a sus pequeños retoños, algunos completamente formados, otros a medio formar, como frutos de los árboles.

Bajo el efecto del doloroso goteo de oxitocina, sentía mis huesos quebrarse en mil pedazos en la fría habitación blanca. Sin una palmada en la espalda, sin palabras de apoyo, estaba sola y desamparada, toda humanidad perdida por culpa del COVID-19.

Durante 16 horas de intenso dolor, no podía respirar. Sentía que me moría, ahogada en aguas de vida, como si descendiera al infierno. Toda alegría desaparecía, enfrentando el sufrimiento más grande que había experimentado. Deseaba que todo terminara pronto. Cada minuto en el reloj de la pared se sentía eterno; la aguja no se movía, y los dolores aumentaban. El frío de la muerte me susurraba al oído, el abismo entre la vida y la muerte se hacía más palpable, hasta que finalmente alcancé el umbral de la luz de vida.

Los dolores más agudos descendieron desde la parte superior de mi vientre hasta el fondo del piso pélvico. Mi mente jugaba conmigo, sembrando dudas sobre mi capacidad como mujer. Mi voluntad y valentía huían, mientras mi desesperación, angustia y agonía aumentaban.

“¿Cuándo acabará esto, Dios? ¡Ayúdame! ¡Haz que todo esto termine!” El reloj finalmente avanzó; ya era medianoche. La luna llena estaba en su apogeo en el cielo nocturno, transmitiendo la inmensidad de su energía. Así como influye en las mareas, también parecía influir en los partos de esa noche.

Un diagnóstico erróneo llegó a mí esa noche, uno que afectaría nuestras vidas y que, seis meses después, se declararía un error.

En medio del desamparo, la tristeza y la desesperación, alrededor de la 1:30 am, sentí que la cabecita de mi bebé se asomaba a este mundo. Avisé, y me llevaron inmediatamente a la sala de partos. Llamaron el nombre de mi esposo, que había estado esperando desde las 5 pm del día anterior en el parque. Lo llamaron por el altavoz… Lo forraron con toda la indumentaria, como si fuera un astronauta, por culpa del virus global.

Me colocaron en la camilla. “¡Puje!”, decían. “¡Empuje fuerte! ¡Respire!” Finalmente, tomé la mano de mi marido, una mano cálida, con mucho entusiasmo y esperanza en sus ojos, a pesar de la tez cansada por la espera.

Nuevamente vinieron las contracciones, y me decían: “¡Puje!”. El doctor decidió hacerme una episiotomía, cortando un lado de mi vagina para abrir el canal de parto. No me puedo imaginar la escena: la sangre, los fluidos… Empujé nuevamente, y sentí cómo mi criatura se deslizaba como un pez, resbalando por la placenta. Cruzamos ese umbral juntas: ella a la vida, y yo a una vida después de la muerte, la muerte de la mujer sin la responsabilidad de ser madre, para convertirme en Madre… 

Vi a mi criaturita; eran las 2 am. Conté sus deditos, la revisé toda con la vista, y comprobé que estaba bien formadita. Mi morenita, con la cabecita y el cuerpito bien peludito de cabello de ángel negrito, como su padre. Pero la pobrecita estaba más bien moradita, con dificultad para respirar. Los esfuerzos de la labor de parto, el dolor, estar sola, esa maldita oxitocina… No me dejaron respirar correctamente, lo que la afectó.

Inmediatamente, le tomaron los signos. Calificación 6 en la escala de Apgar. La niña había sufrido, y esa maldita droga no es para cualquier madre.

Mi mente encontró un momento de paz cuando, de repente, otra contracción llegó… “¡No hemos terminado!”, dijo el doctor. No podía creerlo; ya había dado por terminado este infierno. “Falta la placenta”, me dijeron. Las contracciones iban y venían. Finalmente, la placenta salió, y comenzaron a remendarme, como una costurera que arregla una muñeca de trapo desbaratada en lo más profundo de su ser. Me rasparon el útero, eliminando todo rastro del embarazo. Finalmente, todo quedó en su lugar, y ahora sí, aguja e hilo para cerrar la herida.

Mi niña (Antonella Blandon Zamora) fue llevada de inmediato a la incubadora. En mi mente, solo había felicidad porque todo había terminado, pero también tristeza porque no me la pusieron en el pecho para darle su tetita. Un agridulce en mi alma, esperando que todo estuviera bien y me la devolvieran…

Autora: Raquel Zamora Alvarado

Cedula: 206010877

2024

Comentarios

Entradas populares