CUENTO El inquilino Silencioso
El inquilino Silencioso
No olvidaré el día en que llegó a nuestras vidas. Mi esposo, Jorge, lo trajo de un viaje de negocios. Llevábamos casi cinco años de casados, teníamos una hija, Elena, y yo no era feliz. Para Jorge, yo era como un adorno más en la casa, algo que se acostumbra a ver pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un suburbio aislado, una urbanización casi desierta, alejada de la ciudad. Una comunidad moribunda, o a punto de desaparecer.
No pude evitar un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era sombrío, inquietante. Tenía unos ojos grandes y oscuros, casi negros, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas. Desde ese momento, mi vida, ya de por sí desgraciada, se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada, supliqué a Jorge que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía soportarlo; me inspiraba desconfianza y terror. "Es completamente inofensivo" —dijo Jorge con indiferencia. "Te acostumbrarás a su presencia, y si no..." No hubo forma de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.
No fui la única en sufrir su presencia. Elena, la niñera, Marta, y su hijo, Santiago, también le temían. Solo Jorge parecía disfrutar teniéndolo allí. Desde el primer día, Jorge le asignó el sótano como su habitación. Era un espacio grande pero húmedo y oscuro. A pesar de estos inconvenientes, parecía contento con la habitación. Dormía durante el día y nunca supe a qué hora se acostaba.
Perdí la poca paz que me quedaba en la casa. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Me levantaba temprano, vestía a Elena, le daba el desayuno y la entretenía mientras Marta arreglaba la casa y hacía las compras. La casa era enorme, con un jardín en el centro y las habitaciones distribuidas a su alrededor. Cuidar de la casa y del jardín era mi ocupación diaria, una tarea ardua, pero amaba mi jardín. En él cultivaba rosas, lirios, y jazmines. Mientras regaba las plantas, Elena se entretenía buscando insectos entre las hojas.
A veces, mientras preparaba la comida, veía su sombra proyectada en la cocina. Sentía su presencia detrás de mí... tiraba al suelo lo que tuviera en las manos y salía corriendo y gritando. Él volvía al sótano, como si nada hubiera pasado. Marta y yo nunca lo nombrábamos, parecía que al hacerlo le dábamos más poder. Siempre decíamos: "Allí está, ya salió, él, él, él..."
Él solo hacía dos comidas, una al anochecer y otra en la madrugada. Marta era la encargada de llevarle la comida, y siempre la dejaba en la puerta del sótano, ya que también le tenía terror. Su dieta consistía únicamente en carne. Cuando Elena se dormía, Marta me llevaba la cena a la habitación. No podía dejar a Elena sola, sabiendo que él estaba despierto. Una vez que Marta terminaba sus tareas, se iba con su hijo a dormir y yo me quedaba vigilando el sueño de Elena. No me atrevía a cerrar la puerta, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar.
Una noche, mientras vigilaba a Elena, lo vi junto a la cama, mirándome fijamente. Salté de la cama y le arrojé una lámpara de aceite. Se libró del golpe y salió de la habitación. La lámpara se estrelló contra el suelo, incendiándose rápidamente. Marta acudió a mis gritos y logró apagar el fuego. Jorge no tenía tiempo para escucharme, ni le importaba lo que sucediera en casa. Nuestra relación estaba vacía, sin afecto ni comunicación.
Un día, mientras Marta hacía las compras, dejó a Santiago dormido en el salón. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Cerca del mediodía, mientras peinaba a Elena, escuché el llanto de Santiago mezclado con gritos extraños. Al llegar al salón, lo encontré golpeando al niño. No sé cómo, pero logré apartarlo y lo ataqué con una vara que encontré. No sé si le causé mucho daño, pues caí desmayada. Marta me encontró desmayada y a su hijo lleno de golpes y arañazos. Afortunadamente, Santiago no murió y se recuperó pronto.
Marta y yo sabíamos que no podíamos seguir así. Una noche, mientras Jorge estaba de viaje, planeamos nuestro siguiente paso. Cortamos varias tablas y buscamos martillo y clavos. Nos acercamos silenciosamente al sótano y cerramos la puerta con llave. Luego, comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. No hizo ruido, parecía estar dormido. Cuando terminamos, Marta y yo nos abrazamos llorando.
Los días siguientes fueron espantosos. Vivió varios días sin aire, sin luz, sin comida. Al principio, golpeaba la puerta, se tiraba contra ella, gritaba y arañaba. Marta y yo no podíamos comer ni dormir. Sus gritos eran terribles. Temíamos que Jorge regresara antes de que muriera. Su resistencia fue impresionante; vivió cerca de dos semanas.
Un día, ya no se oyó ningún ruido. Esperamos dos días más antes de abrir el sótano. Cuando Jorge regresó, le dimos la noticia de su muerte repentina y desconcertante. Y así, la presencia que había llenado nuestras vidas de terror finalmente desapareció.

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