El Cadejo Maldito Leyenda Largo

 **Capítulo 1: El Arribo**


Nunca olvidaré el día en que llegó. Mi esposo, Alejandro, lo trajo de un viaje de negocios a un pueblo remoto. Llevábamos cinco años de casados, teníamos un hijo, Luis, y yo no era feliz. Alejandro me trataba como un adorno más en la casa, algo que se acostumbra a ver pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en una mansión aislada, a las afueras de la ciudad, rodeada de bosques oscuros y caminos solitarios. Una casa vieja, llena de ecos y sombras.


Aquella noche, Alejandro regresó tarde. Lo acompañaba una figura alta y oscura, cubierta por una capa negra. No pude evitar un grito de horror cuando vi que el extraño no tenía cabeza. En su lugar, un vacío negro y profundo parecía absorber toda la luz a su alrededor. Alejandro me miró con frialdad y dijo: "Es nuestro nuevo huésped, Rosa. No temas, es completamente inofensivo."


Desde ese momento, mi vida se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada, supliqué a Alejandro que no me condenara a la tortura de su compañía. "Es inofensivo," repetía Alejandro con indiferencia. "Te acostumbrarás a su presencia, y si no..." No hubo forma de convencerlo de que se lo llevara. El Jinete sin Cabeza se quedó en nuestra casa.


No fui la única en sufrir su presencia. Luis, nuestra ama de llaves, Clara, y su hija pequeña, Sofía, también le temían. Solo Alejandro parecía disfrutar teniéndolo allí. Desde el primer día, Alejandro le asignó el sótano como su habitación. Era un espacio grande, pero húmedo y oscuro, ideal para alguien que vivía en la penumbra.


La casa, que ya de por sí era tenebrosa, se volvió aún más inquietante. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Me levantaba temprano, vestía a Luis, le daba el desayuno y lo entretenía mientras Clara hacía las labores de la casa. La mansión era enorme, con un jardín central y las habitaciones distribuidas a su alrededor. Mi refugio era el jardín, donde cultivaba rosas, lirios y jazmines. Mientras regaba las plantas, Luis jugaba entre las flores, pero siempre vigilaba el sótano con el rabillo del ojo.


A veces, mientras preparaba la comida, sentía una presencia detrás de mí. Giraba rápidamente y veía la sombra del Jinete sin Cabeza proyectada en la pared. Soltaba lo que tuviera en las manos y corría fuera de la cocina, gritando. Él volvía al sótano, como si nada hubiera pasado.


Clara y yo nunca lo nombrábamos. Parecía que al hacerlo le dábamos más poder. Siempre decíamos: "Allí está, ya salió, él, él, él..."


Él solo hacía dos comidas, una al anochecer y otra en la madrugada. Clara le llevaba la comida al sótano y la dejaba en la puerta, ya que también le tenía terror. Su dieta consistía únicamente en carne cruda. Cuando Luis se dormía, Clara me llevaba la cena a la habitación. No podía dejar a Luis solo, sabiendo que el Jinete sin Cabeza estaba despierto.


Una noche, mientras vigilaba el sueño de Luis, lo vi junto a la cama, mirándome fijamente desde el vacío donde debería estar su rostro. Salté de la cama y le arrojé una lámpara de aceite. Se libró del golpe y salió de la habitación. La lámpara se estrelló contra el suelo, incendiándose rápidamente. Clara acudió a mis gritos y logró apagar el fuego. Alejandro no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en casa. Nuestra relación estaba vacía, sin afecto ni comunicación.


**Capítulo 2: La Decisión**


Una noche, mientras Alejandro estaba de viaje, Clara y yo planeamos nuestro siguiente paso. Cortamos varias tablas y buscamos martillo y clavos. Nos acercamos silenciosamente al sótano y cerramos la puerta con llave. Luego, comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. No hizo ruido, parecía estar dormido. Cuando terminamos, Clara y yo nos abrazamos llorando.


Los días siguientes fueron espantosos. Vivió varios días sin aire, sin luz, sin comida. Al principio, golpeaba la puerta, se tiraba contra ella, gritaba y arañaba. Clara y yo no podíamos comer ni dormir. Sus gritos eran terribles. Temíamos que Alejandro regresara antes de que muriera. Su resistencia fue impresionante; vivió cerca de dos semanas.


Un día, ya no se oyó ningún ruido. Esperamos dos días más antes de abrir el sótano. Cuando Alejandro regresó, le dimos la noticia de su muerte repentina y desconcertante. Y así, la presencia que había llenado nuestras vidas de terror finalmente desapareció.


 **Capítulo 3: El Secreto Revelado**


El regreso de Alejandro fue frío y distante, como siempre. Le di la noticia de la muerte del Jinete sin Cabeza con la mayor serenidad posible. Alejandro frunció el ceño, pero no dijo nada. Durante los días siguientes, parecía más ausente de lo habitual, encerrado en su estudio o saliendo de la casa sin previo aviso.


Una noche, mientras revisaba algunos papeles en el escritorio de Alejandro, encontré una carta. Era de un viejo amigo de su infancia, un tal Carlos, quien le pedía ayuda para deshacerse de una maldición que había caído sobre él después de profanar una antigua tumba. El Jinete sin Cabeza no era un simple huésped; era una criatura sobrenatural que Alejandro había traído con la esperanza de encontrar una solución al problema de su amigo.


La revelación me dejó helada. Alejandro había puesto en peligro nuestras vidas por un capricho. La rabia y el miedo se mezclaron en mi interior. Decidí confrontarlo. Esa noche, mientras cenábamos, le mostré la carta.


—¿Qué es esto, Alejandro? —pregunté, tratando de mantener la calma.


Alejandro levantó la vista y, al ver la carta, su expresión se endureció.


—No es asunto tuyo, Rosa —dijo fríamente.


—¿No es asunto mío? ¡Trajiste a un monstruo a nuestra casa! ¡Pusiste en peligro a nuestra familia!


Alejandro se levantó bruscamente, su rostro torcido por la ira.


—Hice lo que tenía que hacer. Carlos es mi amigo, y yo... —se detuvo, respirando con dificultad.


—¿Y nosotros? ¿Qué somos para ti? —grité, las lágrimas corriendo por mis mejillas.


Alejandro no respondió. Salió de la habitación, dejándome sola con mi desesperación.


Esa noche, mientras dormía, soñé con el Jinete sin Cabeza. Lo veía cabalgando a través del bosque, su figura oscura contra la luna llena. Se giró hacia mí, y aunque no tenía rostro, sentí su mirada acusadora. Desperté sobresaltada, con el corazón latiendo frenéticamente.


Al día siguiente, Alejandro se marchó nuevamente. No dijo a dónde iba ni cuándo volvería. Clara y yo nos miramos en silencio, sabiendo que nuestra paz momentánea podía desmoronarse en cualquier momento. Pero al menos, por ahora, el Jinete sin Cabeza ya no estaba allí para atormentarnos.


Sin embargo, una pregunta me rondaba constantemente: ¿realmente había desaparecido? O, de alguna forma, ¿seguía acechándonos desde las sombras, esperando el momento adecuado para regresar? El eco de su presencia aún resonaba en los rincones oscuros de nuestra casa, y su sombra parecía proyectarse sobre nuestras vidas, dejando una marca indeleble de terror y misterio.

Comentarios

Entradas populares